Una pared que no llega ni a barda…

Leo con cierta flojera que Roger Waters regresará a México con su puesta en vivo de The Wall, y a partir de eso, me puse a sacar algunas conclusiones respecto al asunto.

Sin restarle un ápice de admiración e incluso cariño a uno de los próceres por excelencia del rock, he de confesar que a mi modesto entender, el circo itinerante de Roger Waters y su pared de ladrillos ya se convirtió en una carísima parodia de The Wall; en algo más propio de un mero concepto de entretenimiento V.I.P. al estilo del Cirque Du Soleil, que en el manifiesto que en su momento fue y que, también en lo personal, impactó en mi vida como pocas cosas. No hubiera estado mal una serie de presentaciones, como evento, como happening -de lujo, obviamente-, como tónico para la memoria, como recordatorio de cosas que hoy, en medio de la parafernalia de todo lo que comienza con “I” (pad, pod, phone y derivados) y que de alguna forma es también un muro que nos aisla y nos contiene, tergiversando el uso que una tecnología maravillosa nos puede proveer, nos recuerde que la vida de verdad está ahí fuera, que el medio no es el mensaje. Pero lo de Waters ya se convirtió en lo que fue el Elvis de Las Vegas: una caricatura; un cheque al portador -es decir, al mismísimo Waters, que porta y lleva su pared de aquí para allá, que ya va camino de dos años de repetirse una y otra vez, para que el show de la pared subiendo y luego bajando sepulte bajo sus escombros el mensaje de verdad, que ya nadie escucha y que pocos entienden o quieren entender. Ahora se trata de romper records, de ver cuántos estadios de River en Buenos Aires, o cuántos Foros Sol en ciudad de México. Y la pared cada vez más alta.

Asqueados del “mainstream”, de los estadios, de la gente que no escuchaba por pedir el único hit radial de Pink Floyd “Money” (al punto que habían decidido que fuera la primera canción de sus presentación, lo que de poco sirvió porque la gente, según textuales palabras de su guitarrista Dave Gilmour, “seguía jodiendo para que la volviéramos a tocar una y otra vez”), el grupo empezó a hacer feroces críticas hacia el sistema,  a enfocarse cada vez en el concepto de “alienación”, a señalar con dureza todo intento de adoctrinamiento, desde la educación formal, los fenómenos de masas y la comercialización exagerada de todo. Los cuatro discos que van desde el glorioso “The Dark Side Of The Moon” hasta “The Wall” (en donde Waters ya había roto el equilibrio de la banda asumiendo el liderazgo conceptual de la obra y el mayoritario de la lírica) son una brutal condena a todo eso. Hasta la propia película de Alan Parker, por mucho que Waters le reclamara falta de apego a las ideas centrales del concepto que él mismo ideó, potenció todo aquel despreció y convirtió a la película en un manifiesto visceral que le costó años de censura en muchos países.

Hoy todo aquello, aún con las mismas canciones, la misma pared -incluso tecnológicamente mejorada- y los mismos soportes audiovisuales, son apenas un souvenir de lo que el grupo plasmó a fines de los ’70. No por nada la banda -y ahora vamos entendiendo porqué- tiene encerrado bajo siete llaves el video que contiene una de las presentaciones -fueron siete en total- que la banda hizo en directo de “The Wall”. Hace once años, en 2000 la editaron en disco, pero el DVD -ya Blue Ray, hasta eso se les pasó, la era del DVD- más esperado de un concierto en toda la historia de la industria musical sigue guardado. Los pocos miles de espectadores que presenciaron aquellos épicos conciertos no son suficientes para poner en evidencia lo poco que aporta Waters como solista a la leyenda de “The Wall”. Y el mismo Waters quiere sacarle a la vaca toda la leche posible -incluyendo seguramente el DVD -BlueRay- del tour, para que dentro de unos años, varios años, recién salga a la luz el verdadero muro, el que mantenía cierta congruencia con su mensaje, el que construyeron sólidamente los mejores cuatro que hubo después de Los Beatles -Waters, Gilmour, Right, Mason-.

Mientras tanto, Roger Waters seguirá explotando su creación y vaciándola de contenido, desgastándola y haciéndola un juguete del mismo sistema que critica, multiplicando los millones que satanizaba en “Money” y haciendo -literalmente- cascajo y escombros con lo que quedó de aquella pared que hoy se agranda con la edición remasterizada de la discografía de Floyd y que pese a los millones que también le va a permitir facturar, pone en evidencia que nunca podrá superar o siquiera igualar lo que hizo con sus tres compañeros.

No digo esto sin cierta pena. Siempre -o casi- preferí a Waters sobre Gilmour. Pero de un tiempo largo a esta parte he preferido el perfil bajo y musicalmente más mesurado, maduro y menos comercial del guitarrista, que ha editado algunas de las mejores cosas que he visto en vivo en mucho rato. Gilmuor podría multiplicar su fortuna por ocho si quisiera rearmar Floyd, con o sin Waters y aún sin su amigo y compañero Rick Wright, fallecido hace poco. Pero, por las razones que sea, elige no hacerlo.

Pink Floyd fue una de las mejores bandas del universo, junto con Los Beatles, Zeppelin, Queen, los Who y los Stones. Y nada como los viejos disco -y ya no tan viejos, con la oleada de remasterizaciones que aparecieron y seguirán apareciendo-. Recomiendo encarecidamente conocerlos, repasarlos, incluso hacerse fan de ellos. Y si quieren emocionarse con un buen espectáculo, vayan a ver Ovo del Cirque Du Soleil o el Love de Los Beatles, también del Cirque. Igual de caro, pero original, soberbio. Porque este montaje de “The Wall” es un autoplagio, un sarcasmo, una burla al propio mensaje de la obra. Algo tan sincero como la sonrisa de una prostituta.

Y escuchen el original del ’79 o la edición en vivo de 2000 (“Is There Anybody Out There?”), me lo van a agradecer.

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~ por Mariano en noviembre 17, 2011.

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