God Dylan

“Damas y caballeros, den por favor la bienvenida al poeta laureado del rock’n roll. La voz de la promesa de la contracultura de los ’60. El tipo que metió al folk en la cama con el rock; el que se maquilló en los ’70 y desapareció dentro de la neblina del abuso de sustancias; el que emergió para encontrar a Jesús; el que fue considerado como un “ha sido” a finales de los ’80 y que repentinamente cambió engranajes para comenzar a producir alguna de la música más poderosa de su carrera a finales de los ’90. Damas y caballeros, el artista de Columbia Recordings… Bob Dylan”

Con estas palabras, el guitarrista y crítico de rock de The Buffalo News Jeff Miers, definió sintética, pero precisamente a Bob Dylan, allá por el 2002, sin tener idea que el aludido habría de identificarse tanto con ese epitafio en vida esculpido en el mármol de su leyenda, como para utilizarlo de obertura en sus conciertos a partir de ese entonces.

Pero, introducciones pretenciosas o no al margen, ¿quién es Bob Dylan? Nadie, posiblemente ni el mismo Robert Zimmerman sabe quién es ese personaje que apareció en New York hace casi cincuenta años, tan solitario como hoy mismo se aparece en cualquier sitio al que le plazca ir, sea un gimnasio en donde boxear un rato sin que nadie lo reconozca o una estación de metro en pleno centro de la ciudad más grande y desquiciada del mundo. Da igual. El mismo lo ha dicho en algún disco (“You may call me Bobby, you may call me Zimmy”). Cada quien le pondrá el nombre que quiera, pero nadie sabe ni sabrá jamás quien es Bob Dylan.

 

 

Por eso mismo, dije en mi post previo al concierto que dio inicio al tramo latinoamericano de su Never Ending Tour, que no tenía mayores expectativas respecto a lo que me fuera a encontrar, al cabo de treinta años de espera. Imposible suponer o esperar a que el mito se revelara en dos horas de música. Imposible además que diecisiete canciones caprichosamente elegidas pudieran contener siquiera una mínima parte de la sustancia Dylan, esa que desde la madrugada de los años sesenta ha redefinido la cultura popular planetaria como ninguna lo ha hecho, como ningún ser humano por sí solo, músico o poeta ha podido producir. Porque es un hecho indiscutible: nadie ha hecho lo que Bob Dylan. Sólo Los Beatles se le comparan. Y eran cuatro (dije bien, cuatro, Ringo también cuenta, le pese a quien le pese). Y no es casualidad. Porque el encuentro de El Hombre con los Fab, en el cuarto de un hotel de New York que hoy tendría que ser tan museo y tan famoso como la mansión de Elvis o el Cavern Club, Dylan les dio a probar marihuana por vez primera a esos todavía ingenuos liverpulenses, confundido con la letra de “I Want To Hold Your Hand”, cuando entendió que el “I can´t hide, I can´t hide, I can´t hide” (“no puedo esconderme”) histérico del coro, decía “I get High, i get high, i get high” (“me elevo”, “me coloco”, “me fumo”, o cualesquiera de las variantes que puedan implicar una buena probada de cannabis). Encuentro aquel que dejaría una huella imborrable en el tándem Lennon/McCartney y que le daría un giro completo al estilo compositivo de la banda (y al planeta rock en su conjunto) a partir de aquel momento (de ahí el salto cuántico que se produce en la obra de los Fab a partir de “Help!” y “Rubber Soul”, especialmente este último) para proyectarla a niveles de calidad musical nunca antes visto en la cultura popular a la hora de componer canciones. Y una amistad eterna (amén de la influencia), con el querubín del grupo, George Harrison (futuro mentor y coequiper de Dylan en los maravillosos y entrañables Traveling Wilburys). De igual forma que la musicalidad y poderío sonoro de Los Beatles impactarían en el sonido de Dylan a partir del “Bringing It AllBack Home”… y para siempre, apartándolo del corset de músico folk, acto que le costaría el odioso mote de “Judas”. Como dijo hace poco alguien, se lo estaba lapidando entonces por haber traicionado las más puras raíces del rock, cuando en realidad lo estaba reinventando.

Y en todo eso y mucho más pensaba yo el martes 26 de febrero, en el Auditorio Nacional de la ciudad de México, al tiempo que veía la graciosa figura pasar de la guitarra a los teclados que ya no abandonaría, mientras la estatuilla del Oscar ganado en 2001 por “Things Have Changed” le cuidaba las espaldas, ubicada como al descuido sobre una bocina. Diminuta figura genuinamente obtenida por un diminuto ser humano, que finalmente se revelaba como un congener de mi misma especie, tan humano, tan vulnerable, tan indiferente a las diez mil personas que asistieron a esa primer noche mexicana de su gira interminable, tan indiferente a su propio mito. Y con razón. Debe ser insoportable convivir con semejante carga, con ese nivel de responsabilidad: la de ser un ícono viviente, un pedazo de historia fundamental de la cultura del siglo veinte -y veintinuno, ya que sin ningún tipo de pudor ni miedo a la competencia de tanta música babosa, ya le pegó con dos discos decisivos (“Love and Theft” y “Modern Times”) a la primer década del nuevo milenio-. Porque, seguía yo pensando lateralmente mientras la mitad derecha de mi cerebro no le perdía pisada a la música, ¿cómo comparar a Dylan con cualquiera de las cosas que el rock, el pop, el folk, el blues o sus derivados producen hoy en día? Sólo pensar que a la misma edad que hoy tienen los “top” como Franz Ferdinand, Killers, Arctic Monkeys o cualesquiera de esos grupos que se supone que hoy marcan tendencia, Dylan ya había compuesto, producido e interpretado discos tan esenciales y terminantes como “Frewheelin’ Bob Dylan”, “Blonde on Blonde” o “Highway 61 Revisited”, digo, sólo pensar lo que Dylan llevaba hecho a los veintidós o veintitrés años, impacta, asusta.

Y como también predije presuntuosamente en aquella crónica previa de lo que fue el primer concierto de Dylan en el tramo latinoamericano de su gira, lo que ocurrió en el escenario fue lo de menos. Aunque también fuera lo más. La leyenda es intocable. Ni un mal concierto la hubiera siquiera rozado o empañado. La música sonó soberbia. Quizás algún detalle en el sonido, que a lo mejor ni siquiera fue por el sonido en sí sino por lo imposible casi que resulta captar la dicción cada vez más sucia e ininteligible de Dylan. Por lo demás, el acto fue magnífico. La banda, aunque ya no sea The Band, ni Tom Petty y sus Heartbreakers, ni los Grateful Dead, ni ninguna de esas superbandas que al lado del gigante son eso, grupos de acompañamiento, es excepcional. Tocan lo que quieren, como quieren. Como dijo algún cronista argentino, hay hoy en día pocas, muy pocas bandas (y dichoso él que las conoce, porque yo no) que suenen así.

Y Dylan, también tal y como dije, que no viene de visita, ni a quedar bien, no se puso la playera de México, ni nos preguntó si estábamos listos para rockear, ni gritó “Como estamos México!!!” (él mismo dijo en una entrevista que a quién carajos le importa cómo estamos). Apenas un mínimo “thank you Mexico”. Lo mismo que ocurrió en toda su gira, proyectando una educada (porque eso sí, jamás grosera) indiferencia. Y una sutil desubicación, que en todo caso, jamás superó la desubicación de la gente y la prensa, que tanto en Argentina como México, en Chile como en Uruguay (quizás Brasil sea la excepción), salieron a criticar su actitud distante, limítrofe con un entrañable valemadrismo que por el contrario, a los dylanianos de pura cepa se nos antoja encantador, casi indispensable para revestir al mito. Y uno veía gente entre el público que sin lugar a dudas presentaba signos febriles de desubicación mucho más exagerados que cualquiera que se le pueda criticar a Dylan. Incluso algunos eligieron irse a mitad del show, cansados de esperar “una que nos sepamos todos”, sin reparar que todas eran conocidas, pero ignorantes del juego que el Maestro juega cuando se desmarca de los paradigmas colectivos de lo que “deben ser” sus canciones, deformándolas hasta lo inimaginable. Y sí, si no sabes inglés, te jodiste. No nos perdona que desde una butaca como la nuestra le gritaran “Judas!” hace más de cuarenta años. Justo a él, que se convertiría en el más ferviente poeta de Cristo, en el judío converso más famoso del rock al punto que Leonard Cohen, también poeta, también judío, único héroe contemporáneo reconocido por Dylan, le retirara el saludo. Y desde entonces juega a vengarse de su público, haciendo lo que le da la gana. Y está bien. Todos los rebeldes o pseudos que el rock ha producido, incluso los más viscerales, acabaron sucumbiendo al poder del espejo y a las mieles del éxito, como meretrices millonarias del mismo sistema al que juraban odiar. Y de igual manera, se rindieron al aplauso, vendiendo muy barata su derrota. Dylan no. Dylan es el único (por lo menos de las grandes ligas) que nunca jugó para la tribuna. Como Dalí, se ríe de nosotros y rompe los vidrios de su propia obra, reinventándola como quiere, cuando quiere.

¿Y yo? Yo me di el gusto de cantar el estribillo de Like a Rolling Stone con el mismísimo Bob Dylan, aún cuando él fuera por un lado y yo fuera por donde va el disco. Mi curriculum de glorias canto bingo!, porque ya canté con Bob, como cuando canté “Hey Jude” con Paul, “Sweet Jane” con Lou, “Layla” con Eric, “Heroes” con David, “Princesa” con Joaquín y “Cantares” con el Nano.

¿Qué más puedo pedir?

Thanks God… Thanks Bob.

 

-M-

 

 

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~ por Mariano en marzo 24, 2008.

Una respuesta to “God Dylan”

  1. No puedes pedir nada más y te admiro y envidio los grandes momentos musicales que has vivido. Quizá sea por mi edad, estaba en primaria cuando escuchaba el blonde on blonde, el the wall de los pink floyd, a Lou reed y la velvet underground lo descubrí gracias a Bowie hasta la secundaria, a Cohen casi llegando a la preparatoria. Y aun con esta barrera de la edad, comparto tus emociones, comparto tus pensamientos y sentimientos y comparo ese coro desubicado que glorificaba al gran maestro que se desmitificaba ahí mismo, frente a nosotros, haciéndolo aun más grande, más verdadero, más visceral.

    Un saludo

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