“When I’m 64…”

Hoy, 25 de febrero, el “quiet beatle” George Harrison cumpliría 64 de vida, y aunque siempre fue alguien que hizo del perfil bajo y la mesura mediática una obsesión, no es posible dejar pasar la fecha y la oportunidad para recordarlo y celebrarlo. Cuando se cumplió el primer aniversario de su fallecimiento, acaecido el 30 de noviembre de 2001, escribí un resumen muy personal de lo que conocí como beatlemaníaco de la vida del buen George, y hoy se me hace oportuno rescatar esos párrafos para celebrar su cumpleaños, como seguramente muchos lo están celebrando, porque sin dudas, la vida de alguien que sin quererlo y sin saberlo, hizo tanto por las nuestras propias vidas (o al menos por la mía), merece ser festejada. Este y todos los años.

Mariano

 

 

 

RECORDANDO A GEORGE HARRISON

El buen George Harrison vivió la mayor parte de su vida cargando dos cruces que con el tiempo aprendió a sobrellevar dignamente: por un lado, la de ser un beatle. Siempre detestó esa condición, aún durante los años de apogeo del cuarteto. Las fans del grupo, que ya tenían como costumbre acampar en la puerta de los legendarios estudios de Abbey Road sólo para ver llegar o irse a los Fab al cabo de las sesiones de grabación, lo recuerdan como el más antipático de los cuatro, cuando no abiertamente grosero. Alguna vez supo apartar a puntapiés a alguna de ellas que se había dormido en los escalones de la entrada del edificio, molestándole el paso. Para él, ser un “beatle” era poco menos que un insulto. Detestaba a todas esas ‘viejas chismosas’. Como detestaba la publicidad y el no tener una vida privada. Odiaba con toda su alma a las legiones de periodistas que le seguían el paso las veinticuatro horas por día; a los “tours” de cacerías alrededor del mundo que las agencias noticiosas organizaban -ofeciendo inclusive recompensas a los que pudieran aportar datos fehacientes o pistas- para localizarlo en sus vacaciones; odiaba el tener que disfrazarse para poder ir a un restaurant o simplemente para vivir al menos con un poco de relativa paz. Ser el “beatle George” –sentía- lo convertía en un personaje de historieta, casi. Un objeto público sobre el que ya no tenía derechos de propiedad; algo ajeno a su condición humana y a los valores espirituales que allá por el ’65 comenzó a abrazar y que con el correr del tiempo se convertirían en su credo, en su filosofía de vida.
La otra cruz que cargó fue la de ser siempre -aún luego de separado el grupo- el eterno tercero de la lista. El tener por encima a la imbatible dupla Lennon y McCartney contra la que nadie -ni siquiera otro beatle- podría competir. A diferencia de Ringo, que aceptaba felíz su papel de músico de acompañamiento más famoso de la historia a sabiendas que no podía aspirar a ser ni siquiera un regular compositor o cantante -aunque sí, y a pesar de muchos críticos, un estupendo batería- George sí tenía armas para pelear. Era un notable autor, un buen cantante y un excelente guitarrista. Lejos del virtuosismo pirotécnico de los “guitar heros” de los sesenta y los setenta, como su íntimo amigo Eric Clapton -tan íntimo que se terminó quedando con su esposa, Patti, sin que por eso dejaran de ser amigos-, Harrison tenía ‘algo’. Aún dentro de su mesura técnica, poseía algo que muy pocos guitarristas, poseían o poseen: estilo y personalidad. La guitarra de Harrison, al igual que la Clapton, BB King, Jimmy Page, Keith Richards -de los Stones-, David Gilmour -de Pink Floyd-, Mark Knopfler o Jeff Beck, sólo por nombrar a algunos de los pocos que pueden integrar este selecto club, es absolutamente reconocible desde el primer acorde. Al principio, en los orígenes, eran los solos secos, limpios y sobrios, y los breves punteos o “stacattos” de púa con que adornaba el sonido beat mientras Lennon llevaba las riendas de la canción con la guitarra rítmica. Luego, con el tiempo llegó el maravilloso slide que fue descubriendo, explorando y definiendo como su marca indiscutible de fábrica. Sin lugar a dudas, su amistad con Eric Clapton fue decisiva para impulsarlo a crecer como guitarrista. Es inobjetable que luego de la gloriosa intervención de Clapton en el extraordinario ‘While my guitar gently wheeps” del album blanco, ya no volvió a tocar igual.
Como compositor y cantante siempre estuvo sometido a las decisiones del “bi-reinato” mayor en cuanto a la cantidad de canciones propias que podía colocar en cada disco. Nunca más de dos, salvo la excepción de ‘Revolver’ en donde puso tres y las cuatro del álbum blanco, pero que al ser disco doble en realidad no cuentan ya que mantiene el promedio de dos por disco. En la obra cumbre del cuarteto, el mítico ‘Sargent Pepper’ apenas si se le permitió aportar una sola, en la que ni siquiera sus compañeros lo acompañan, ya que por tratarse ciento por ciento un tema con influencias hindúes -‘Within you, without you’- Harrison prefirió formar ‘su’ banda de compañamiento con músicos originarios de la India ejecutando sus propios instrumentos tradicionales. Cuando ya el cuarteto agonizaba, McCartney y George Martin produjeron la obra maestra más vendida del cuarteto -aún a la fecha sigue vendiendo miles de copias por semana-, ‘Abbey Road’. Disco que podríamos calificar como la ‘revancha de George’, ya que en aquel último precioso round de la carrera del grupo -y de la década del ’60- el beatle silencioso se llevó -por fin- el primer lugar del podio, superando con enorme categoría a Lennon y McCartney por única vez al apuntarse los dos mejores temas del disco: ‘Something’ -canción que obligó al mismísimo Frank Sinatra a postrarse ante Los Beatles luego de años y años en los cuales los trató poco menos que de ‘peste’, y decir que “‘Something’ era sin ninguna duda la mejor canción de amor que se escribió en el mundo en los últimos cuarenta años”, para acabar grabando su propia versión, por supuesto. Y la otra gema de su autoría en el disco, obra de arte y quintaesencia de su mística personal llevada a la música, fue ‘Here Comes The Sun’, maravillosa y frágil, compuesta en cinco minutos mientras estaba tirado en el jardín de su amigo Clapton disfrutando de una tarde de sol. Finalmente George alcanzaba con esa canción a transmitir lo mejor de su esencia espiritual sin necesidad de tanto rollo hindú ni Hare Krishna. Era el año ’69 y George Harrison se imponía como mejor compositor pop del año a escala mundial. Finalmente había descubierto su verdadera personalidad musical, aunque paradójicamente -y como bien señala el biógrafo no autorizado de los Beatles Philip Norman-, estilísticamente se pareciera a Paul en ‘Something’ y a John en ‘Here comes the sun’.
Ya separado el cuarteto se disparó junto con Lennon hacia el primer lugar de las preferencias y críticas en su debut como solista. Su triple album ‘All things must pass’ solo puede compararse con los geniales ‘Plastic Ono Band’ e ‘Imagine’ de Lennon. Mientras que definitivamente McCartney empezaba con el pie izquierdo su carrera como solista, venciendo apenas -en cuanto a ventas y críticas-al modesto arranque discográfico del buen Ringo, el debut de Harrison con su colosal disco no sólo revelaba la nueva estatura y perfil del más sobrio de los Beatles, sino también los años de frustración y segundo plano que transitó a la sombra de Lennon y Mc Cartney, en los cuales debía componer para archivar, lo que lo llevó a disponer para su ‘ópera prima’ de una enorme cantidad de canciones excelentes, convirtiéndola en el primer disco triple en la historia de la música rock. Lamentablemente, tanto Harrison como Lennon no pudieron mantener ese nivel en sus posteriores discos, mientras Mc Cartney encontraba acomodo y se preparaba para ratificar su condición de músico, cantante y compositor más famoso de todos los tiempos a lo largo de una muy prolífica y en ocasiones excelente carrera como solista.
En tanto, Harrison seguía aborreciendo su condición de beatle -ahora ‘ex- beatle’- y continuaba manifestando problemas para adaptarse al ‘bisness’, el cual ahora sin el escudo de sus viejos compañeros se le hacía más y más pesado. Intentó un retorno a los escenarios a mediados de los setenta con tanta mala suerte que su promocionadísima primer gira mundial lo sorprendió con una afonía -supuestamente nerviosa- que le arrebató la voz durante todo el tour y lo hundió en una profunda desilusión. Ya no volvería a tocar en vivo, se dijo. A este triste saldo se le agregó una situación que terminó por agobiarlo completamente. Su más famosa y vendida canción solista, ‘My sweet Lord’ fue acusada de copia y él, de cometer plagio. Los compositores de un viejo e intrascedente tema de los ’50 llamado ‘He’s so fine’ lo demandaron acusando que el hit de Harrison copiaba exactamente la melodía de la sección inicial de su canción. Al cabo de un largo y promocionadísimo juicio, el fallo otorgó el crédito a la parte demandante y Harrison perdió la batalla. De hecho, y para ser objetivos, hay que reconocer que efectivamente ‘My sweet Lord’ copia exactamente la melodía de la primera parte del tema originalmente grabado por Los Chiffons. Sin embargo, en el fallo, el juez absolvió a Harrison de dolo o mala intención. Se atribuyó el plagio a un forma de memoria en la cual un tema que en apariencia no se conoce queda grabado en el inconsciente tan sólo por haberlo escuchado alguna vez de manera casual y que en el caso de un compositor de música, puede surgir bajo la forma de una ‘nueva’ pieza, sin que el autor se dé cuenta del plagio que está cometiendo. De todas formas, a pesar del atenuante se le ordenó a Harrison pagar a los autores de ‘He’ so fine’ todas las regalías percibidas por ‘My sweet Lord’ -unos dos millones de dólares de aquel tiempo -. Harrison aceptó el fallo sin apelarlo y no sólo pagó, sino que además compró a los autores los derechos de ‘He’ so fine’ para así evitar inscribirlos como co-autores de ‘My sweet Lord’ -otra de las resoluciones del juicio-. Luego de esto ya pudo acreditar sin problemas legales la propiedad de su canción, borrando del mapa a la otra, la cual paradójicamente, también pasó a pertenecerle. Pero el punto fue que la horrible publicidad; el supuesto desprestigio por tamaña acusación -de hecho, la peor que puede sufrir un compositor de canciones y para colmo en su caso, probada-; y el juicio en sí mismo, lo desalentaron para continuar en un ambiente tan feroz como el de la música. Se dedicó a partir de entonces -mediados de los setenta- con entera pasión a sus hobbies más queridos: la fórmula uno, la jardinería, la producción de películas y claro, su religión. Casi como un pasatiempo más siguió haciendo discos, pero ya despojados de la pasión adolescente que una vez lo llevó con toda su alma a dedicarse a la música.
En el año ’87 conoció a uno de los músicos beatlemaníacos más famosos del mundo, el líder de la Electric Light Orchestra, Jeff Lyne, en una carrera de fórmula 1 en Australia. Lynne lo convenció de volver a grabar -llevaba ya cinco años sin hacerlo- y acabó produciéndole un nuevo trabajo, en el que Lynne le proporcionó a George un sonido nuevo, brillante, estupendo, que arropaba los mejores temas que Harrison compusiera desde ‘All things…’. El regreso fue celebrado por todo el mundo. ‘Cloud Nine’ fue uno de sus discos más aclamados. Contó con Elton John y el buen Ringo entre los invitados y produjo para la estadística personal de George su primer -y único- sencillo número uno en EEUU en veinticinco años de carrera discográfica, ‘Got my mind set on you’ -‘My sweet Lord’ se había quedado en el número dos cuando se editó-. Luego de este suceso, su viejo amigo Eric Clapton le propuso volver a las giras y tras mucha insistencia, Harrison aceptó hacer un concierto en Japón allá por el ’90, luego de que Clapton -quién ya había tocado y grabado un fabuloso disco en vivo allí, “Just One Night”- le jurara que la prensa lo respetaría y el público lo trataría como a un rey. Harrison acusaba todavía las secuelas de aquella fatídica primer y última gira en la cual todo le había salido mal y que la crítica utilizó entonces para despedazarlo; por lo cual su autoestima como ‘live performer’ aún no cicatrizaba de las viejas heridas surgidas quince años atrás. De este concierto en Japón, en el que Clapton lo acompañó con su propia banda ya que Harrison ni siquiera quiso armar una formación propia, se editó un muy buen disco doble que rescata los mejores temas de George, tanto beatles como solistas. La inercia de ese fugaz regreso motivó a Harrison a participar como invitado en algunos proyectos de gente amiga. De uno de aquellos encuentros surgió, casi como una broma entre amigos, la idea de armar una banda fantasma, con nombres inventados y una historia ficticia: los hermanos Wilburys (Otis, Nelson, Charlie T. Jr., Lefty y Lucky), hijos de una familia campesina, se dedicaban a viajar (“travel”, en inglés) como vagabundos, llevando su música a todo sitio en donde pudieran ser escuchados, como los viejos bardos errantes, vagabundos del oeste. El resultado de esta mitología rockera de entrecasa fue la preciosa excusa para que cinco leyendas de la música -Harrison, Bob Dylan, Roy Orbison, Jeff Lyne y Tom Petty- recuperaran el arte lúdico de jugar a hacer música (recordemos que en inglés, tocar se dice ‘play’, que también significa ‘jugar’) y se reinventaran a sí mismos logrando un disco fabuloso, mágico, increíble. Sigo pensando que los Traveling Wilburys fueron la mejor banda de todos los tiempos después de los Beatles y aunque sé que exagero, me agrada suponer que es cierto. Escuchando temas como ‘Handle with care’ o ‘End of the line’ es posible especular en cómo sonarían los Beatles en los ’90 –o incluso hoy- si la historia no se hubiese interrumpido. Luego vino un segundo disco -ya sin Orbison, fallecido poco tiempo después de editarse el primero-, y manteniendo la calidad del primero; aunque claro, sin el hermano Lefty no era ya lo mismo. Luego del ‘crossover’ Wilbury, Harrison regresó al silencio. Diez años -desde el ’91 hasta el 2001- en los cuales Harrison sólo salió de su ‘cave’ para unirse a ‘regañadientes’ con Paul y Ringo y llevar adelante el monumental proyecto que daría forma a la autobiografía multimedia de los Beatles, ‘Anthology’. En los dos primeros discos de la edición discográfica del proyecto, Harrison contribuyó en las voces y guitarras de ‘Free as a bird’ y -menos notoriamente- en ‘Real Love’. Y ya. Al poco tiempo el cáncer que vivió tentando toda su vida con el hábito compulsivo de fumar -pese a que era vegetariano al igual que Mc Cartney y proclamaba a los cuatro vientos la importancia de una vida sana-, lo empezó a acorralar y ni toda su inmensa fortuna pudo detener la devastación que esta enfermedad le propinó en los pocos años que pudo resistirla. Sabiendo que la vida se le escurría decidió enfrascarse con pasión en la elaboración de su testamento musical -el hoy póstumamente editado y celebrado ‘Brainwashed’-, junto con su rey Midas de los ’80 y ’90 y hermano Wilbury, Jeff Lynne y su hijo Dhani. Lamentablemente su último regreso musical no lo encontró ya con vida. Hace exactamente un año, el 29 de noviembre del 2001 fallecía, en algún lugar de California, a los 58 años, acompañado de sus más intimos, y tan en paz como aprendió a vivir luego de haberse resignado a ser, años antes, el ‘beatle George’.
Lo que tal vez Harrison no sepa nunca, y que quizá lo hubiera puesto de mal humor -aunque sospecho que íntimamente habría sonreído al cabo de un rato- es que ni aún muerto dejará alguna vez de ser un beatle. El, al igual que sus tres compañeros, son algunos de los pocos privilegiados que experimentan en carne propia –y tanto en la vida como en la muerte física- la trascendencia y la inmortalidad. Seguramente nadie puede morir cuando vive con tanta intensidad y amor en el corazón de millones de seres humanos. Aunque en el caso de George Harrison – y mal que le pese- haya tenido que ser un beatle para lograrlo.

Noviembre 2002

 

Video: George Harrison en su último concierto (Japón, 1990) junto a Eric Clapton, interpretando “Devil’s Radio”

 

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~ por Mariano en febrero 25, 2007.

7 comentarios to ““When I’m 64…””

  1. fue lo máximo

  2. GEORGE HARRISON ES Y SIEMPRES SERA MI BEATLE FABORITO

  3. […] https://bloggingstone.wordpress.com/2007/02/25/when-im-64/ […]

  4. que puedo decir de el maese harrison, sin el no hay beatles, sin jhon no hay beatles,sin paul no hay beatles sin ringo no hay beatles beatles forever i belive in beatles

  5. Tu post me conmovió hasta las lágrimas.. =(
    RIP HARRISON, GRACIAS POR TODO LO QUE NOS DISTE, U’LL BE IN OUR MEMORY FOREVER

  6. Tengo en este momento mis ojos humedecidos por las lágrimas, a vos te va un pequeño porcentaje de la culpa… la mayoría es de George :S

  7. Increible biografia
    A punto de llorar, pero en fin, sé que George está en un lugar mejor, y el legado que nos dejó no podra arrebatarlo nadie de nuestros corazones.
    Grande George! Mi Beatle favorito por siempre!

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