¿Qué culpa tendrán los aliens?

•noviembre 30, 2011 • Dejar un comentario

Los que piensan que ya lo escucharon todo o que este 2011 musicalmente hablando ya había bajado la persiana, deberían escuchar el disco nuevo de Fito Páez que acaba de salir este martes, “Canciones para Aliens” (?????). Versiones “desopilatorias” de clásicos que van desde Verdi, Serrat… hasta Paquita la del Barrio (la Aretha Franklin de la canción ranchera mexicana -dicho sin ironías-). De esta nueva e incomprensible producción aquí les comparto la versión proto punk -con todo y mariachi- del megaclásico por excelencia de la Paca, para que hagan ustedes lo que quieran con la reputación de mi paisano. Y deseo que Cerati vuelva cuanto antes del coma, porque a éste ya también lo perdimos…

Una pared que no llega ni a barda…

•noviembre 17, 2011 • Dejar un comentario

Leo con cierta flojera que Roger Waters regresará a México con su puesta en vivo de The Wall, y a partir de eso, me puse a sacar algunas conclusiones respecto al asunto.

Sin restarle un ápice de admiración e incluso cariño a uno de los próceres por excelencia del rock, he de confesar que a mi modesto entender, el circo itinerante de Roger Waters y su pared de ladrillos ya se convirtió en una carísima parodia de The Wall; en algo más propio de un mero concepto de entretenimiento V.I.P. al estilo del Cirque Du Soleil, que en el manifiesto que en su momento fue y que, también en lo personal, impactó en mi vida como pocas cosas. No hubiera estado mal una serie de presentaciones, como evento, como happening -de lujo, obviamente-, como tónico para la memoria, como recordatorio de cosas que hoy, en medio de la parafernalia de todo lo que comienza con “I” (pad, pod, phone y derivados) y que de alguna forma es también un muro que nos aisla y nos contiene, tergiversando el uso que una tecnología maravillosa nos puede proveer, nos recuerde que la vida de verdad está ahí fuera, que el medio no es el mensaje. Pero lo de Waters ya se convirtió en lo que fue el Elvis de Las Vegas: una caricatura; un cheque al portador -es decir, al mismísimo Waters, que porta y lleva su pared de aquí para allá, que ya va camino de dos años de repetirse una y otra vez, para que el show de la pared subiendo y luego bajando sepulte bajo sus escombros el mensaje de verdad, que ya nadie escucha y que pocos entienden o quieren entender. Ahora se trata de romper records, de ver cuántos estadios de River en Buenos Aires, o cuántos Foros Sol en ciudad de México. Y la pared cada vez más alta.

Asqueados del “mainstream”, de los estadios, de la gente que no escuchaba por pedir el único hit radial de Pink Floyd “Money” (al punto que habían decidido que fuera la primera canción de sus presentación, lo que de poco sirvió porque la gente, según textuales palabras de su guitarrista Dave Gilmour, “seguía jodiendo para que la volviéramos a tocar una y otra vez”), el grupo empezó a hacer feroces críticas hacia el sistema,  a enfocarse cada vez en el concepto de “alienación”, a señalar con dureza todo intento de adoctrinamiento, desde la educación formal, los fenómenos de masas y la comercialización exagerada de todo. Los cuatro discos que van desde el glorioso “The Dark Side Of The Moon” hasta “The Wall” (en donde Waters ya había roto el equilibrio de la banda asumiendo el liderazgo conceptual de la obra y el mayoritario de la lírica) son una brutal condena a todo eso. Hasta la propia película de Alan Parker, por mucho que Waters le reclamara falta de apego a las ideas centrales del concepto que él mismo ideó, potenció todo aquel despreció y convirtió a la película en un manifiesto visceral que le costó años de censura en muchos países.

Hoy todo aquello, aún con las mismas canciones, la misma pared -incluso tecnológicamente mejorada- y los mismos soportes audiovisuales, son apenas un souvenir de lo que el grupo plasmó a fines de los ’70. No por nada la banda -y ahora vamos entendiendo porqué- tiene encerrado bajo siete llaves el video que contiene una de las presentaciones -fueron siete en total- que la banda hizo en directo de “The Wall”. Hace once años, en 2000 la editaron en disco, pero el DVD -ya Blue Ray, hasta eso se les pasó, la era del DVD- más esperado de un concierto en toda la historia de la industria musical sigue guardado. Los pocos miles de espectadores que presenciaron aquellos épicos conciertos no son suficientes para poner en evidencia lo poco que aporta Waters como solista a la leyenda de “The Wall”. Y el mismo Waters quiere sacarle a la vaca toda la leche posible -incluyendo seguramente el DVD -BlueRay- del tour, para que dentro de unos años, varios años, recién salga a la luz el verdadero muro, el que mantenía cierta congruencia con su mensaje, el que construyeron sólidamente los mejores cuatro que hubo después de Los Beatles -Waters, Gilmour, Right, Mason-.

Mientras tanto, Roger Waters seguirá explotando su creación y vaciándola de contenido, desgastándola y haciéndola un juguete del mismo sistema que critica, multiplicando los millones que satanizaba en “Money” y haciendo -literalmente- cascajo y escombros con lo que quedó de aquella pared que hoy se agranda con la edición remasterizada de la discografía de Floyd y que pese a los millones que también le va a permitir facturar, pone en evidencia que nunca podrá superar o siquiera igualar lo que hizo con sus tres compañeros.

No digo esto sin cierta pena. Siempre -o casi- preferí a Waters sobre Gilmour. Pero de un tiempo largo a esta parte he preferido el perfil bajo y musicalmente más mesurado, maduro y menos comercial del guitarrista, que ha editado algunas de las mejores cosas que he visto en vivo en mucho rato. Gilmuor podría multiplicar su fortuna por ocho si quisiera rearmar Floyd, con o sin Waters y aún sin su amigo y compañero Rick Wright, fallecido hace poco. Pero, por las razones que sea, elige no hacerlo.

Pink Floyd fue una de las mejores bandas del universo, junto con Los Beatles, Zeppelin, Queen, los Who y los Stones. Y nada como los viejos disco -y ya no tan viejos, con la oleada de remasterizaciones que aparecieron y seguirán apareciendo-. Recomiendo encarecidamente conocerlos, repasarlos, incluso hacerse fan de ellos. Y si quieren emocionarse con un buen espectáculo, vayan a ver Ovo del Cirque Du Soleil o el Love de Los Beatles, también del Cirque. Igual de caro, pero original, soberbio. Porque este montaje de “The Wall” es un autoplagio, un sarcasmo, una burla al propio mensaje de la obra. Algo tan sincero como la sonrisa de una prostituta.

Y escuchen el original del ’79 o la edición en vivo de 2000 (“Is There Anybody Out There?”), me lo van a agradecer.

Manifiesto

•junio 11, 2010 • Dejar un comentario

Yo sí voy a ver el Mundial. Lo digo quizás sin gloria, pero también sin pena. Y si el trabajo me lo permite, pienso ver todos los partidos, incluso los más inauditos, aquellos que despiertan la más sincera y dolida solidaridad con el sufrido balón de turno, ya sea por lo mal que lo tratan o por la indiferencia con que lo evitan. Y si hago esta declaración a escasas horas de iniciarse este megamontaje de la FIFA, es porque estoy harto de los pesudointelectuales que se rasgan las vestiduras en nombre del sentido común y de las buenas costumbres y salen a tratar poco menos que de orates o idiotas a todos aquellos que disfrutamos sobria o etílicamente (cada quien su gusto, o mejor, su pedo) de esos 30 días del deporte que más nos gusta, vamos, que nos apasiona. Ni soy un idiota, ni me manipula Televisa (o Fox Sport o póngale el lector el nombre de la cadena que guste), ni el gobierno va a aprovechar mi larga menstruación futbolera para hacer las cochinadas de turno y verme la cara con algún impuesto nuevo o con la gasolina más cara. En todo caso, me la seguirá viendo como siempre, ni más ni menos. No me voy a alienar, ni voy a dejar de leer los seis periódicos que leo por día (tres de Argentina, tres de México), ni voy a postergar mis dos o tres libros semanales, ni voy a dejar de escribir ni armar mis cursos, platicas, conferencias, ensayos y todo lo que -mucho o poco- habitualmente hago. No voy a dejar de comer, de bañarme, de jugar con mi bebé ni de atender mis responsabilidades maritales. A fin de cuentas, la mayoría, sino todas las cuestiones que enumeré se pueden llevar a cabo en la periferia del televisor (todavía no resuelvo lo del baño, pero sigo trabajando en el asunto). Pero el punto es que, sí, voy a ver el Mundial. Y no voy a dejar de ser quien soy, para bien o para mal. Me gusta, lo disfruto, sobre todo desde que nuestros pobres clubes (países) no pueden  retener a sus mejores jugadores, forjados a cielo abierto en potreros miserables, repletos de promesa de gloria, muchas veces cumplida. Desde que esa realidad nos niega el chance de ver a nuestros héroes en nuestras canchas, quedándonos apenas los despojos lastímeros de pobres prospectos de ídolos que pasean su triste figura por estadios desolados, digo, desde entonces ya se ha vuelto imposible ver un partido de una liga local, sin añorar lo que alguna vez vimos en directo y bien vivo: la magia de los grandes, de los más grandes, desafiando la gravedad y la física sin físicos esculturales entallados en Versace, puliendo una pelota en el aire con un taco o una cabeza, con una bicicleta o una rabona, sin miedo a despeinarse. De aquello, que hoy sólo vive en la nostalgia, están vacías nuestras canchas y nuestras retinas. Por eso es que voy a ver el Mundial, con el corazón de hincha que reposa cuatro años envuelto en la camiseta de River que Laura me regaló, para recordarme que la patria pudo haber quedado atrás, pero el barrio no.
A los que hayan entendido algo de todo lo que escribí y compartan algo de este divague, buen provecho! Al resto, no se tomen la vida tan en serio, no somos imbéciles, nadie nos manipula ni nos lava el cerebro, las conspiraciones peligrosas son mucho más grandes y sutiles que un campeonato de futbol y no me descuido de ellas. Lo único que me sacan Televisa y la FIFA es mi mensualidad del cable, y no tienen que mentirme para que se las pague. Lo hago con gusto y conciencia. La Coca Cola la compro hace años y la canción de Shakira, aunque sea un chicle, la bajé de internet. Y con Mundial o sin Mundial la gasolina va a subir igual.
No voy a resignar ni una sola neurona para que me brote el corazón. Ya lo viví antes y sé que no es necesario. Que no pasa nada. En este mes festejaré más cosas que de costumbre y me haré malasangre más que de costumbre. En el balance voy a quedar tablas… ¿y? Pero al menos no voy a dejar que el aburrimiento que hace estragos por la vida de unos cuantos que se escandalizan por ver a 22 millonarios corriendo detrás de una pelota se haga cargo de mi vida. Me voy a quedar afónico tres o cuatro veces, voy a reir unas cuantas, y de alegría o de rabia voy a llorar algunas más, algunas menos. Nada que necesite de un Mundial para manifestarse, claro, me empacho de esas cosas toda vez que quiero, pero nada que tenga que prescindir de nada también para expresarse, para expresarme. El día que me deje de apasionar por pequeñas cosas como estas será porque también las cosas grandes me vienen valiendo madres.
El tema, lo que quiero decir es, vamos a empezar a buscar excusar para pasarla un rato bien, sin ser irresponsables de nada, sin hacer la vista gorda de nada, sin sospecharnos cómplices de nada, en suma, sin culpas de ningún tipo. Dentro de un mes todo va a seguir igual, por eso sería bueno que nos pase algo distinto un rato, aunque no sirva para nada servirá para algo. El día que haya que buscar excusas para pasarla bien, le habremos ahorrado mucho trabajo al gobierno y a todas las conspiraciones juntas, porque nos habremos jodido solos…
Feliz Mundial y que gane el mejor…

Lo mejor y lo peor del 2009

•enero 24, 2009 • 1 comentario

Sí, el estimado lector leyó bien. Y no fue un dedazo mío. Lo mejor y lo peor del 2009 ya se empieza a perfilar, cuando todavía no acaba el primer mes del cero nueve. Porque posiblemente el mejor disco del año vea la luz antes que termine enero (eso de que verá la luz es metafórico: el disco ya se puede descargar ilegalmente desde decenas de páginas, gracias a esa página de Pandora llamada Rapidshare). Y me refiero al nuevo trabajo de Bruce Springsteen, “Working On A Dream”. Tremendo disco, lo mire por donde se lo mire. Es realmente fantástico que una troupe de casi sesentones (me refiero al combo completo de la E Street Band que en este milenio decidió regresar con el Jefe después de diecisiete años de separación) pueda sonar con esa vitalidad y esa energía, y creérselo y hacernoslo creer, a diferencia de los descarados Stones, que van en camino de establecer el record insuperable de acumular treinta años sin sacar un excelente disco de estudio (el último fue Tatoo You, del … 81!!!!) y veinte sin siquiera uno medianamente bueno (como el Steel Wheels del ’89). Pero volviendo al bueno de Bruce, no puedo dejar de recomendar su todavía inédito disco nuevo (sale el día 29) que, al igual que legión de seguidores, ya he escuchado. Oir los cuatro primeros temas ya invita a apagar el reproductor por miedo a desilusionarse con lo que sigue. Es tremendamente difícil que un disco arranque tan bien y que termine igual, pero Springsteen lo consigue. Y ratifico: va para disco del año. RollingStone ya lo premió con su máxima calificación, cinco estrellas, es decir, disco “clásico”, privilegio que ni Bob Dylan alcanzó con su último disco de la serie “bootleg” el año pasado (se quedó en cuatro y media).

Lástima que en materia de creación no aplique el criterio que dice que dos cabezas piensan más que una y que llevaría a la conclusión que entonces cuatro deberían ser imbatibles. Pero no. Debe ser por eso que Los Beatles siguen siendo insuperables, porque son la excepción que confirma la regla. Y si no, veamos (o mejor, escuchemos) el nuevo sencillo de U2, “Get On Your Boots”, que sin el menor remordimiento ya puede competir como peor canción del año. Un pastiche electropop que ni siquiera está a la altura de los ya de por sí discutibles, pero dignos experimentos electrónicos del “Pop” de 1997. Cayendo por momentos en el autoplagio, uno termina extrañando esa porquería adolescente (y por tanto patética, viniendo de señores que ya se arriman al medio siglo de vida) que fue “Vértigo”, pero que por lo menos tenía chiste y era pegadizo. Si hasta empieza la canción y uno espera que Bono escupa su ridículo “1…2…3… 14!” en cualquier momento. Casi casi un deja-vu, así el tamaño del autorobo. Inmediatamente después de esa molesta remembranza que introduce al tema, sigue un guiño inentendible al Queen de sus peores discos (los últimos) en un puente vocal (y coral) que nadie sabe qué hace ahí, al comienzo de la canción. Otros guiños que remiten a Radiohead en el riff de guitarra que entra y sale de la canción (banda que por cierto y por el contrario, ha ido creciendo en proporción directa a la decadencia de U2) y un estribillo que está entre lo más flojo y mediocre que los irlandenses han elucubrado a lo largo de toda su carrera. Me atrevería a decir, que “Get On Your Boots” es por lejos, el sencillo más flojo en la historia de la banda. No pierdo la fe. U2, con excepción de “With Or Without You”, nunca presentó un album con la mejor canción como sencillo de lanza. Ojala aquí se repita el axioma y el disco esté mucho, mucho mejor que esta mala canción. De U2 ya no espero más que malas noticias y a lo mejor eso es lo mejor, que con poco me pueden dejar satisfecho. En algunas semanas más, cuando se edite el disco nuevo (que para colmo, ya tiene una denuncia por plagio de la portada) podremos opinar. De momento, el mejor disco y la peor canción del 2009, ya tienen nombre. A ver quién los desbanca…

U2, “Get On Your Boots”

Forty

•octubre 6, 2008 • 1 comentario

Si veinte años no es nada, cuarenta es algo así como una nada al cuadrado. Y si no al cuadrado, al menos por dos. Pero viéndolo de otro modo, bien podría significar la mitad de una vida (si uno piensa que por los arrabales de los ochenta andan personajes tan entrañables y respetables como un García Márquez, un José Saramago, un B.B. King). Aunque no es menos cierto que también cuarenta marcó el punto de llegada de algún John Lennon, a quien por cierto le fue mejor que a Elvis, que se quedó en la antesala. El caso es que jamás celebro mis cumpleaños. Nunca le encontré motivo a tan insignificante efemérides, pero el número impone. 40. Quiero encontrarle algún simbolismo que seguramente no tiene, pero el cero impone, es como un nivel superior en el videojuego de siete vidas sin game over que vengo perpetrando desde que mi madre se deshizo de mi después de nueve meses (casualmente hace cuarenta años también). Y en esta, mi última tarde al frente de mis treinta y nueve, me acerco al abismo de una inminente quinta década (porque contra lo que todos piensan, el 40 no es un comienzo, sino un fin… las cuatro décadas ya las viví, ya las viviste, estamos?) y da como cierta cosa atreverse a imaginar lo que vendrá. No miedo, entiéndase. Cosa. Eso. Cosa. Como sea, agradezco enormemente la deferencia de mi gran amigo (algún día contaré cómo nos conocimos) Bob Dylan, que como pagana forma de celebración del onomástico de quien considera unos de sus mejores amigos y críticos (ah qué caray como me cuesta delegar en la oscuridad del teclado mi natural modestia), decidió lanzar su nuevo disco este 7 de octubre. Hubiera estado mejor que me lo regalara y me evitara la pena de bajarlo de internet, pero así es Bob. Genial, imprevisible, distraído, al punto que si le preguntas por mí es capaz de salir con que no me conoce. 40. Ni más ni menos. Ni mejor ni peor. Ni aquí ni allá. Ni chicha ni limonada. Apenas 40 y ya 40. Cómo se pasa la vida. Y no sólo la mía. A veces me gustaría volver, pero no sé de dónde. Y eso es un requisito inapelable: tener un lugar, un tiempo, un loquesea de donde volver. Y luego, volver a qué, si nada más queda (como dice la canción). 40. Acabar con la inercia del treinta y… que fue parte del soundtrack verbal de mis presentaciones cada que me preguntaron la edad durante estos últimos diez años y al que sólo le tenía que ajustar el último dígito cada doce meses. Pero no el número entero, no jodas. Debo muchas gracias y mil perdones. Ha quedado mucha gente en el camino, mucha más de la que duele, mucha menos de la que hubiera querido. Como hubo y hay gente que llegó y que no nos quiere cambiar (como dice otra canción). A esa gente, también gracias. Soledad no rima con cuarenta. Nunca rimó con nada. Gracias porque por ellos (y por ella), lo que sigue valdrá la o las penas. Nos vemos a los 80.

Mariano

Tibet

•marzo 24, 2008 • 2 comentarios

God Dylan

•marzo 24, 2008 • 1 comentario

“Damas y caballeros, den por favor la bienvenida al poeta laureado del rock’n roll. La voz de la promesa de la contracultura de los ’60. El tipo que metió al folk en la cama con el rock; el que se maquilló en los ’70 y desapareció dentro de la neblina del abuso de sustancias; el que emergió para encontrar a Jesús; el que fue considerado como un “ha sido” a finales de los ’80 y que repentinamente cambió engranajes para comenzar a producir alguna de la música más poderosa de su carrera a finales de los ’90. Damas y caballeros, el artista de Columbia Recordings… Bob Dylan”

Con estas palabras, el guitarrista y crítico de rock de The Buffalo News Jeff Miers, definió sintética, pero precisamente a Bob Dylan, allá por el 2002, sin tener idea que el aludido habría de identificarse tanto con ese epitafio en vida esculpido en el mármol de su leyenda, como para utilizarlo de obertura en sus conciertos a partir de ese entonces.

Pero, introducciones pretenciosas o no al margen, ¿quién es Bob Dylan? Nadie, posiblemente ni el mismo Robert Zimmerman sabe quién es ese personaje que apareció en New York hace casi cincuenta años, tan solitario como hoy mismo se aparece en cualquier sitio al que le plazca ir, sea un gimnasio en donde boxear un rato sin que nadie lo reconozca o una estación de metro en pleno centro de la ciudad más grande y desquiciada del mundo. Da igual. El mismo lo ha dicho en algún disco (“You may call me Bobby, you may call me Zimmy”). Cada quien le pondrá el nombre que quiera, pero nadie sabe ni sabrá jamás quien es Bob Dylan.

 

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