Kapuscinski: In Memorian
Había una vez, una doncella azteca a quien le gustaban lo mazapanes y tamarindos. Creció convencida de que algo la acercaba más a las épocas mal llamadas “arcaicas” del pasado (aunque nunca se apagó su gusto por la ciencia, que generalmente mira hacia el futuro). Una de las varias pruebas de esto es que aún se anidaba en su espíritu, la ingenua idea de que los hombres de buena voluntad, tan sólo con la herramienta del arduo trabajo, podían cambiar el mundo. Así creció, abierta a todo ser humano que tuviera interés en compartir con ella. Se tomó muy en serio eso de que los libros son los mejores amigos y nunca se apartó de ellos. Supuso que tal vez un ejemplar extraordinario, perdido al azar en algún anaquel polvoriento, contendría la llave mágica que le otorgaría la pieza faltante y así completar su alma. Siguiendo a profesores y otros consejeros empezó por acercarse a los grandes prosistas y poetas. Leía novela tras novela; poesía y hasta teatro, todo representaba umbrales a mundos maravillosos. Además, su ser experimentó el placer del lenguaje por sí mismo. Pero hace casi una década sus manos se encontraron con las aventuras de un legendario príncipe polaco y le pasó lo que al buen Don Alonso Quijano (o lo que al supuesto Gustav Malher de “Muerte en Venecia”): perdió un poco la razón. Dichas crónicas constaban que el príncipe Ryszard Kapuscinski conquistaba reinos, dominaba dragones y rescataba princesas; y aún más: la zaga continuaba. Pasaron los años y a tal punto perdió la razón que dichas lecturas le convencieron de que la realidad siempre supera a la ficción y se alejó de ésta última. Aquí hay que hacer una pausa para revelar que la doncella pecó; por sus manos pasaron algunas novelas, pero eso sí, contadas con los dedos de una mano. Para ahorrarnos varias páginas de incidentes, diremos que como el ya mencionado Quijano, en cierto momento decidió salir y emprender el viaje en busca del sueño anhelado. Tomó sus precauciones y previsiones, dispuso de todo lo necesario y salió acompañada no de un escudero, sino de su caballero Pablo (a quien algunos llaman Paul); éste sí, tangible y verdadero, amoroso e incondicional. Claro que hubo que hacer un gran trabajo de convencimiento para que Sir Pablo aceptara la idea de invertir su tiempo vacacional allá en parajes casi eslavos, que por los días de noviembre no brindan los mejores colores del paisaje de Polonia. Sin más equipaje que una mochila y sin mapa que señalara dónde estaba el tesoro, cruzaron el océano con un número de teléfono y una dirección. Ésta, como muchas de sus otras salidas, representó gran fuente de hechos y aventuras. Pero hemos de abreviar y decir que la doncella azteca comprobó que el príncipe Ryzard siempre andaba ocupado, viajando a otros reinos arreglando entuertos y restituyendo honras; por lo que no pudo consumar el rito que le señalaba que con un abrazo del príncipe su alma encontraría respuestas. No disminuyendo su alegría, a quien sí pudo conocer fue a la esposa de dicho héroe, quien resultó ser gentil y cordial. El eminente regreso sólo le permitió dejar una carta con sus parabienes para Ryszard; dio la media vuelta, tomó de la mano a Sir Pablo y regresaron a su terruño. La siguiente navidad resultó ser una de las mejores. La mañana del 24 de diciembre del 2004 el cartero le trajo un sobre lleno de luz, encerraba el ansiado mapa guiando hacia el tesoro. Era una carta del legendario príncipe agradeciendo la visita a la doncella originaria de Chilangotitlán. Tal hecho convenció aún más a nuestra protagonista que su teoría era cierta, que existen hilos invisibles -tal vez astrales- que atan a las personas en planos que no pueden verse a simple vista. Es por esto que hay que tener los ojos bien abiertos para leer las señales. Efecto de su teoría fue la costumbre (o manía) que le dio por celebrar su cumpleaños junto con los de esos otros, sus “atados” astrales. Así, el mes de marzo se convirtió en una fiesta. El dos, el de ella; el cuatro, el de Ryszard; el nueve, el de Ismael y el 13, el de Adam. Siguió persiguiendo su sueño sin mucha suerte, un par de veces el príncipe se escabulló en México sin que ella se enterara a tiempo. Algún día estuvo a punto de conducir y adentrarse en ese territorio inhóspito, al cual algunos llaman Nueva York, y así ver a Ryszard. Pero todas las circunstancias estuvieron en su contra y además, hasta hoy en día no sabemos de autos que viajen a la velocidad de la luz. La navidad del 2006 la encontró en México. Y lo único que ahora se auto recrimina la doncella es que no fuera capaz de leer las señales. La primera fue esa visita a la librería Ghandi, obligada parada debido al terrible amor que Sir Pablo tiene por los autores que escriben en español; además, la infanta Mariana tenía en mente acrecentar su colección de “Tin tin”. Ahí estaban, una pareja de novios quienes parados frente a un estante parecían indecisos, movían sus dedos sobre los lomos de la zaga Kapuscinskiana. Sin tardo ni pereza, la doncella se aproximó a quitarles las dudas para hablarles de la buena nueva que prometían dichos tomos. Al saber que la convicción de sus pupilas surtiría efecto, se marchó. La segunda fue física, sin ser un portento biológico, la doncella generalmente gozaba de buena salud pero por alguna razón, el año nuevo la encontró sumamente aquejada de una gripe que no se alejó por varias semanas. Comenzó así, ese enero fatídico con gripes de ida y vuelta; para colmo, una infección en el oído y una visita al hospital. Otra señal fue el paisaje mismo; y aquí sí, que todos los aldeanos coinciden en que tal invierno no fue normal, se retrasó casi dos meses. Las primeras semanas de enero fueron inusualmente cálidas y sin nieve. Lo cual trajo el aburrimiento de esquiadores y patinadores, pero más que nada, una oleada de comentarios acerca de lo que todos llaman “sobrecalentamiento global”. Y así llegó la fatídica mañana del 24 de enero. Casualmente de un día para otro llegó el invierno; menos 17 esa mañana, menos 19 el día siguiente, más nieve el próximo. El luto embargó a la doncella, se destrozó su corazón, lloró ríos, pidió clemencia y que alguien la engañara contándole que todo era mentira. Que el príncipe no se había ido tan lejos, que volvería a abrir sus ojos claros. La frontera que llevó a Ryszard a su última conquista era muy remota. ¿Inalcanzable? La doncella sabe que no es así. Que seguirá buscando llaves y puertas para acceder a esa otra dimensión, entrar y por fin abrir los brazos; sentirse rodeada por ese sueño de la misma intangible sustancia… romper el hechizo. Dicha tarea, tal vez le lleve la vida.
Fabiola Flores
Canadá, febrero de 2006
“Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias.”
Ryszard Kapuscinski
Marzo 4, 1932 – Enero 23, 2007

Este cuento esta super chingon, como la lectura nos permite abrir fronteras y sobre todo nos hace reales nuestras emociones. Sigue escribiendo…….. atte, la palera y TU amiga Consuelo Frias
(suspiro profundo) y que puedo decir yo? sè que escribes con el corazòn, vaya manera de apreciar el trabajo de un hombre, sòlo tu puedes hacerlo de esa manera, padrisimo. Un abrazo. Icela Alonso