Sí, el estimado lector leyó bien. Y no fue un dedazo mío. Lo mejor y lo peor del 2009 ya se empieza a perfilar, cuando todavía no acaba el primer mes del cero nueve. Porque posiblemente el mejor disco del año vea la luz antes que termine enero (eso de que verá la luz es metafórico: el disco ya se puede descargar ilegalmente desde decenas de páginas, gracias a esa página de Pandora llamada Rapidshare). Y me refiero al nuevo trabajo de Bruce Springsteen, “Working On A Dream”. Tremendo disco, lo mire por donde se lo mire. Es realmente fantástico que una troupe de casi sesentones (me refiero al combo completo de la E Street Band que en este milenio decidió regresar con el Jefe después de diecisiete años de separación) pueda sonar con esa vitalidad y esa energía, y creérselo y hacernoslo creer, a diferencia de los descarados Stones, que van en camino de establecer el record insuperable de acumular treinta años sin sacar un excelente disco de estudio (el último fue Tatoo You, del … 81!!!!) y veinte sin siquiera uno medianamente bueno (como el Steel Wheels del ‘89). Pero volviendo al bueno de Bruce, no puedo dejar de recomendar su todavía inédito disco nuevo (sale el día 29) que, al igual que legión de seguidores, ya he escuchado. Oir los cuatro primeros temas ya invita a apagar el reproductor por miedo a desilusionarse con lo que sigue. Es tremendamente difícil que un disco arranque tan bien y que termine igual, pero Springsteen lo consigue. Y ratifico: va para disco del año. RollingStone ya lo premió con su máxima calificación, cinco estrellas, es decir, disco “clásico”, privilegio que ni Bob Dylan alcanzó con su último disco de la serie “bootleg” el año pasado (se quedó en cuatro y media).
Lástima que en materia de creación no aplique el criterio que dice que dos cabezas piensan más que una y que llevaría a la conclusión que entonces cuatro deberían ser imbatibles. Pero no. Debe ser por eso que Los Beatles siguen siendo insuperables, porque son la excepción que confirma la regla. Y si no, veamos (o mejor, escuchemos) el nuevo sencillo de U2, “Get On Your Boots”, que sin el menor remordimiento ya puede competir como peor canción del año. Un pastiche electropop que ni siquiera está a la altura de los ya de por sí discutibles, pero dignos experimentos electrónicos del “Pop” de 1997. Cayendo por momentos en el autoplagio, uno termina extrañando esa porquería adolescente (y por tanto patética, viniendo de señores que ya se arriman al medio siglo de vida) que fue “Vértigo”, pero que por lo menos tenía chiste y era pegadizo. Si hasta empieza la canción y uno espera que Bono escupa su ridículo “1…2…3… 14!” en cualquier momento. Casi casi un deja-vu, así el tamaño del autorobo. Inmediatamente después de esa molesta remembranza que introduce al tema, sigue un guiño inentendible al Queen de sus peores discos (los últimos) en un puente vocal (y coral) que nadie sabe qué hace ahí, al comienzo de la canción. Otros guiños que remiten a Radiohead en el riff de guitarra que entra y sale de la canción (banda que por cierto y por el contrario, ha ido creciendo en proporción directa a la decadencia de U2) y un estribillo que está entre lo más flojo y mediocre que los irlandenses han elucubrado a lo largo de toda su carrera. Me atrevería a decir, que “Get On Your Boots” es por lejos, el sencillo más flojo en la historia de la banda. No pierdo la fe. U2, con excepción de “With Or Without You”, nunca presentó un album con la mejor canción como sencillo de lanza. Ojala aquí se repita el axioma y el disco esté mucho, mucho mejor que esta mala canción. De U2 ya no espero más que malas noticias y a lo mejor eso es lo mejor, que con poco me pueden dejar satisfecho. En algunas semanas más, cuando se edite el disco nuevo (que para colmo, ya tiene una denuncia por plagio de la portada) podremos opinar. De momento, el mejor disco y la peor canción del 2009, ya tienen nombre. A ver quién los desbanca…
U2, “Get On Your Boots”






”Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía ‘Cien años de soledad’ llegué a imaginar en asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura. Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores y ante un artesano insomne como yo, que no sale de su sorpresa por todo lo que le ha sucedido pero no se trata de un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de ‘Cien años de soledad’ no son un millón de homenajes a un escritor que hoy recibe sonrojado el primer libro de este tiraje descomunal. Es la demostración de que hay lectores en lengua castellana hambrientos de este alimento. 
Resulta que el front-man de Coldplay, Chris Martin llegó con su banda a Sudamérica esperando dosis de devoción hacia su persona similares a las que recibe su imitado número 1, el mismísimo Bono. Y que no. Que tanto la prensa chilena como la argentina le entraron con los 

A comienzos de 1968 regresando de la India, la banda más importante del mundo ya había dejado de ser la primera de las dos cosas: una banda. La utopia del Maharishi había sido apenas eso, pero también había sacado a la luz de los propios Fab sus propias inconsistencias y frustraciones. Este escenario llevo a los cuatro músicos a replegarse hacia un individualismo que en lo musical dio paso a su obra más dispar, más irregular y por ende, menos beatle de toda su discografia. THE BEATLES, universalmente conocido como el Album Blanco se convirtió en un proceso de catársis y desenfreno musical perpetrado por cuatro músicos decididos a encontrar una identidad propia y a romper el corsét con que la beatlemanía los tenía aprisionados durante los últimos seis años. Con esta nueva actitud llegaron los músicos a Abbey Road, para encontrarse con un George Martin ansioso de enfocarse en el nuevo disco, pero a quien poco ánimo le quedó de trabajar cuando Lennon/McCartney, esta vez por separado, le mostraron una gran cantidad de canciones que en conjunto superaban las cincuenta y que además se alejaban de todo lo establecido en cuanto a estilo, al menos considerando la obra previa de la banda. Eran decenas de temas, muchos de ellos incompletos y compuestos en el ashram del Maharishi en la India y que evidenciaban la falta de un trabajo conjunto y en donde prevalecía lo mejor y lo peor de cada músico, sin el balance que la otra mitad de la dupla proporcionaba en las no tan antañas colaboraciones mutuas. Sumado a esto, Martin se encontró con la negativa de los músicos a reducir la cantidad de canciones que conformarían el ‘track list’ definitivo. El productor deseaba redondear un album de catorce temas teniendo como modelo el que muchos consideran como el mejor disco de Los Beatles: “Revolver”. La idea no era mala pero significaba alterar el principio de experimentación que Los Beatles sostenían desde los tiempos de ‘Help’. Y no era esa tampoco la idea que los músicos tenían. Acababan de estrenar su sello propio (Apple) con uno de los singles más vendidos de todos los tiempos (“Hey Jude”) y eso les daba crédito moral y financiero para subir la apuesta o en todo caso, para hacer lo que les viniera en gana. Y eso hicieron: THE BEATLES terminó siendo un doble LP de treinta canciones y más de una hora y media de duración, cuando el estandard para un disco de rock en aquellos años era de poco más de treinta minutos sumadas las dos caras. Pero más allá de la cantidad de temas incluidos en la obra, lo impactante del disco radicaba en la diversidad abrumadora de estilos musicales que abarcaba. McCartney produjo rock clásico en “Back In The USSR” y “Birthday”, influenciado por las armonías vocales de los Beach Boys, de quien era fan declarado. Desde ahí, Paul retrocedía al minimalismo absoluto en “Why Don’t We Do It In The Road”, pero regresaba a un plano de canción más convencional rememorando los números cursis de vodevil que tanto le fascinaban y que heredó de su padre en “Martha My Dear” y “Honey Pie”. 